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lunes, 18 de mayo de 2009

Coleccionismo y las compras compulsivas. Cuando comprar se convierte en un problema.

Hay ocasiones en que comprar por Internet deja de ser algo saludable y se convierte en un lastre, en una obligación. Compramos aunque ya no quede nada que comprar. ¿Qué está ocurriendo? Intentaremos hacer un repaso al proceso.

Generalmente el proceso de compra es una necesidad, pero de índole sano. Uno necesita una serie de objetos o artículos, y le da lo mismo comprarlos en la tienda, en una gran superficie o en Internet. Cuando se opta por Internet, suele ser obedeciendo a los siguientes criterios:

- Ahorro de tiempo (tódo en un par de clicks y en poco rato).
- Ahorro de transportes (no hace falta transladarse al centro ni recorrer varias superficies).
- Ahorro de dinero (muchas tiendas online son notablemente más baratas que las físicas debido a los ahorros que supone la plataforma electrónica frente a la física).

Ahora bien, un buen día nos sorprendemos comprando por Internet, sin saber muy bien qué comprar. Simplemente porque toca. Por saciar un deseo no de conseguir algo, sino de comprar. Ese día toca preocuparse.


¿Enfermedad, Adicción o Hobby?

El shopping compulsivo es como todo. En pequeñas dosis no tiene problema. En grandes dosis, es un peligro. Para diferenciar de cuando es un vicio a cuando es necesidad podemos hacer una prueba muy sencilla. Escribimos en un papel aquellas cosas que queremos comprar. Podemos marcar aquellas que es necesario tener y aquellas que sólo queremos por el puro placer de poseerlas, porque nos hace ilusión tener (lo que generalmente se llaman "caprichos"): puede ser un libro, una colección, lo que sea ... Esta lista no debe ser demasiado grande, sólo con lo que uno quiere de verdad.

Bien, a medida que vayamos comprando podemos ir tachando de la lista, y anotando con otro color las que no estaban originalmente en la lista pero aún así, han sido adquiridas. Si pasadas un par de semanas la lista principal no disminuye, o disminuye poco, y la nueva lista con lo comprado va aumentando, entonces nuestras compras se conducen por adicción, no por necesidad de comprar una serie de artículos. Esto es especialmente cierto con el coleccionismo. Es frecuente empezar coleccionando algo pequeño y de poco valor, y con el paso del tiempo, empezar otras colecciones, cada vez más grandes y complicadas. Eso no es bueno. La primera colección la empezamos seguramente porque o ya la teníamos a medias, o era algo que nos hacía ilusión poseer (el coleccionismo es, en esencia, afán de posesión). Han pasado 6 meses, y la colección inicial, que constaba de 10 elementos, se ha expandido a 20, y lo peor, los elementos restantes son otros 10. Además, hemos comenzado 2 o 3 colecciones más de artículos relacionados. Pero del coleccionismo ya hablaremos más adelante. En cualquier caso, empezamos a tener una colección interesante, que ocupa espacio, y que nos hace estar pendientes de las páginas de venta en Internet para ver si aparecen los items faltantes. Este es otro síntoma.

Ahora bien ¿estos síntomas son algo bueno o malo? Pues depende. Si uno anda pendiente del final de las subastas, y si estas condicionan su vida, e impiden hacer cosas como salir a la calle por tener que estar pendiente del final de una subasta, de nuevo, mal síntoma. De hecho hace tiempo que existen los snippers. No hay razón pues para estar pendiente de una subasta. Si en una subasta tenemos la imperiosa necesidad de ganar a cualquier precio, eso es un síntoma fulminante, que deja de ser síntoma y se convierte en evidencia: hay un problema, y grande. Si a uno le gusta participar en las subastas, debe destinar un presupuesto mensual conocido de antemano, y al sobrepasarlo, no pujar más hasta el mes siguiente. Si uno es capaz de hacer eso, entonces está claro que domina la situación. No hay problema (de momento). Si uno tiene que participar en todas y cada una de las subastas que aparecen, incluso en las de artículos que ya posee, sólo por el hecho de ver que es capaz de ganar, malo.

Ponerse un límite al mes

Si uno participa con asiduidad en subastas o simplemente compra por Internet, debe ponerse un tope acorde con su sueldo. Un 5% de su dinero restante tras pagar facturas no está mal. Aunque uno debe plantearlo como que es dinero que no se gasta saliendo de tapas o en ocio. Es decir, que este dinero debe ser una parte del dedicado al ocio, y no una partida nueva del dinero que antes era ahorrado.

Otra táctica consiste en vender unos objetos para comprar otros. De esta manera uno puede patrocinar sus nuevas colecciones con objetos que han perdido su interés. Y de esa manera también libera sitio, porque si no, se puede entrar en otro problema también muy relacionado con las compras: el síndrome de Diógenes*.

Cuando uno tiene un problema con las compras y las subastas

Cuando uno se da cuenta de que tiene el problema, es que el problema es ya bastante evidente. La recomendación general es que lo corte radicalmente. Que esté 3 o 4 meses sin comprar. Que cambie ese hobbie por otro, como dar paseos. Verá que en realidad no es tan difícil, y en cuanto uno sale del círculo, empieza a ver la situación de forma global. Y empieza a cuestionarse como es posible que algo tan tonto como una subasta o una serie de objetos han sido capaces de gobernar su vida. Y es que es absurdo si uno lo piensa. Uno debe comprar lo que necesita, y darse un capricho de vez en cuando. Y ya. Si uno se da muchos caprichos seguidos, mal asunto.



Las colecciones

El coleccionismo era algo bastante occidental hasta mediados de los 90, cuando en España irrumpió el manga, las costumbres de Japón, y las de Estados Unidos, potencias supuestamente más desarrolladas. Los otakus comienzan a florecer como flores en mayo, y el que no colecciona algo parece que no es nadie. Al principio se comenzó por el cómic, que era algo que en España había habido bastante (en formato tebeo, claro). El que más y el que menos tenía tebeos en casa, y se había especializado en su personaje favorito. Los más vistos eran los coleccionistas de Mortadelo y Filemón (que curiosamente, quizá sean unos de los personajes con menos gracia y más repetitivos de la obra de Ibáñez). Pero el caso es que como había muchos, eran fáciles de encontrar y de juntar. También se estilaban las colecciones de sellos y monedas. Quizá esas dos sean las más típicas, y de hecho los primeros portales de compraventa de coleccionismo se centraban en esas 3 categorías. También había coleccionies de cromos, pero esas no tenían mucho valor. Uno colecciona cromos de niño y cuando termina de ser niño, adiós colecciones. Y con las películas de USA de los 80 también llegaron las modas de allí. El coleccionismo de figuritas de Star Wars, los muñequitos de rol (Warhammer y similares) para pintar uno mismo, todo lo relacionado con Lord of the Rings, los trekkies, cartas de Magic, pósters de películas y en general, cualquier cosa digna de ser recopilada y clasificada. Lo que hasta ese momento eran colecciones originales (las de azucarillos de los bares, o chapas de las botellas de champán) empiezan a convertirse en objetos de culto hacia finales de los 90. Todo el mundo colecciona algo. Minerales, rocas, fósiles, ... y ello conllevan una serie de accesorios alrededor del coleccionista en cuestión. Estuches, vitrinas, maletines, álbumes y de todo. Y es gracioso, porque el mismo utensilio, si no llevaba la coleta "coleccionismo" en su etiqueta, costaba notablemente menos que el que sí la llevaba. Ya no era una maletín, sino una "funda de transporte para coleccionistas". Ole y ole. El coleccionismo irrumpió en la sociedad y creó un nuevo mercado que en España apenas se dejaba ver en las décadas anteriores. Incluso empiezan a surgir tiendas físicas dedicadas a este sector: al coleccionismo. También podemos ver como los cómics empiezan a multiplicarse como setas. Tras estar sometidos al universo de Ibáñez durante los 60 y los 70, con los 80 y los 90 irrumple tódo el cómic belga que en las décadas anteriores había estado vetado en España (de ahí que muchos personajes de Ibáñez, puros plagios de Franquin, desaparecieron de la noche a la mañana). Es a mediados de los 90 cuando, gracias a la llegada de superficies como la FNAC, en España empezamos a conocer conceptos como "edición limitada", "edición de lujo", "cofre", o cosas tan absurdas como las ediciones de coleccionista o numeradas (que en la mayoría de las ocasiones no contienen diferencias importantes frente a las versiones OEM). Ahora una película puede venir en una lata, y uno se pregunta ¿para qué quiere una película dentro de una lata? Uno quiere ver la película, y encima la lata ocupa más y pesa más. Pues sí, hay gente que paga más porque venga en una lata. Y es que la edición coleccionista afecta más al que no es coleccionista pero quiere hacer un regalo que al que sí lo es. Las ediciones de coleccionista valen fundamentalmente para hacer creer al que colecciona que su colección ya no está completa, y hacerle comprar varias veces lo que ya tiene. Y hay numerosos ejemplos de esto:

Música - Héroes del Silencio

Discografía oficial compuesta por 4 álbumes de estudio, 1 disco de rarezas y 1 de concierto (y 1 de recopilación, si uno quiere). Sin embargo, entre reediciones, estuches de lujo, de coleccionista, de aniversario y de historias varias, facilmente se pueden conseguir más de 20 artículos (no olvidemos que la discografía oficial sin repetir consta de 7 títulos). Es decir , que nos encontramos ante un engaño flagrante en el que el idiota coleccionista incondicional ha pagado hasta 3 veces cada uno de los artículos que ya tenía (y eso sin entrar a considerar los diferentes formatos como cassette, vinilo o cd). El truco es hacerle creer que el nuevo material es realmente inédito (cosa que casi nunca lo es) para que vuelva a picar para tener la conciencia tranquila (mi colección vuelve a estar completa, ahora puedo ser feliz).

Cine - Star Trek y Blade Runner

Otras dos colecciones editadas y reeditadas hasta la saciedad. Mención especial para la segunda, que consta de UNA única película, reeditada 500 veces con múltiples versiones (la versión del director, la versión del maquillador, la de Harrison Ford, la visión del replicante, la del prólogo de Carl Sagan, la versión comentada por Gracita Morales) ... y siempre es la misma película (miento, siempre no, porque en una le han quitado las voces en off ... ¡ooohhh!).

Cómic - Milo Manara

Otro con el que han querido hacer el agosto, aprovechando que los cómics de Manara han sido editados tanto por Cimoc como por Norma Editorial. Tenemos la edición en blanco y negro de címoc, la edición en color de Norma, la versión en pequeñito de coleccionista, que incluye postales y diversas chorradas de Manara, la versión recopilatorio del Clic, la obra Hugo Pratt en la que aporta un puntito en una viñeta Manara, y multitud de historias más para no dormir, sin entrar en reediciones y traducciones nuevas. Norma Editorial se frota las manos y los coleccionistas de Manara, a pasar por caja cada vez.

Literatura - El Señor de los Anillos

Más de lo mismo. Material de Tolkien que antes no tenía salida alguna por carecer de estructura narrativa o de forma, ahora se aglutina en libros y se vende como lo más grande que hubo jamás. A pesar de que el escritor lleva varios años enterrado, empiezan a surgir nuevos libros sobre la Tierra Media, guías de personajes, mapas, cronologías y todo un universo de material sobre los libros originales de Tolkien. Las editoras saben que es material que se vende fijo. Sólo hay que escoger una buena época para sacarlo y obtener el permiso de los herederos de Tolkien. Publicidad no hace falta. Ya se encargan los fans de Tolkien de localizar el material y hacer correr la voz.

Tras examinar estos sencillos ejemplos, y llegados a este punto, a nadie se le debe escapar la manipulación tan escandalosa que hacen las distribuidoras con el tema del coleccionismo. Son capaces de vender numerosas veces el mismo producto a la misma persona y convencerle de que lo que está comprando es materal inédito y original, algo completamente nuevo. Antiguamente era uno mismo el que decidía donde empezaba y donde terminaba su colección. Hoy en día, debido a la crisis de idéntidad y de personalidad reinante, son las editoras y productoras las que dictan cuando una colección está completa y cuando djea de estarlo. Y lo curioso de este mecanismo psicológico es que es el propio coleccionista el que empieza a defender esta postura. Y tiene cierto sentido. Si uno ha pasado por el aro y ha comprado la versión en lata de los DVDs de Star Trek, con el cuaderno de bitácora del Capitán Kirk y el pintalabios de Uhura, no estará dispuesto a que metan en el mismo saco su colección y la del pobretón que sólo tiene los VHS. Está claro que si hay una colección completa, es la del --@#@!!--- que tiene todas las versiones, tanto los VHS como la lata. Si uno hace una inversión, lo lógico es sacarle partido. Y los idiotas siempre son los otros, nunca es uno mismo (es un razonamiento muy humano y muy frecuente). Así que el supercoleccionista se convierte en el mejor publicista de la lata de bombones.

Y si encima le ponemos un número y decimos que es único, ya es el acabóse.

¿La solución ante esto? Tener suficiente personalidad, y decidir cuando empieza y termina la colección de uno mismo.




*Síndrome de Diógenes: Es un desorden psicológico que consiste en recopilar y aglutinar sin ton ni son todo lo que uno es capaz, yendo incluso más allá de sus posibilidades físicas de espacio y afectando a su vida normal.

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